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¿Fue primero el personaje o el hombre?: La silueta bajo la carpa de Christian Henríquez

  • Foto del escritor: Nicolás Lobos
    Nicolás Lobos
  • hace 1 día
  • 8 min de lectura

Christian Henríquez, es el maestro de ceremonias de personajes históricos del humor chileno como Ruperto, la Rupertina y Maikel Pérez Jackson. Llegó a la cima empujando una casa rodante, pasando hambre, pero consolidando su trayectoria y trabajo circense bajo los focos de la televisión y los festivales. Con más de 20 años de trayectoria, El Gran Circo de Ruperto continúa recorriendo todo Chile y con sus personajes más característicos siendo parte de uno de los programas líderes de la televisión chilena actual.


Por Nicolás Lobos Retamales


Christian Henríquez como Ruperto
Fotos de Joel Quintero @joelquinteromdz

Cuando llega al camarín, abre su maleta, saca su ropa, cuelga sus trajes, se pone cada accesorio que corresponde al personaje, se maquilla y cuando termina de colocar el último elemento que compone al sujeto al que le dará vida, deja de ser Christian Henríquez. Ese es su ritual. Durante todo el proceso está mentalizado, pensando en lo que viene. La transformación es el resultado de un proceso meticuloso, cada cosa debe estar en su lugar, y a pesar de tener que tambalearse durante metros, cada paso de Ruperto está minuciosamente meditado.


La caracterización no es un juego. El sombrero de Ruperto, el corazón de la Rupertina, el guante y la nariz de Maikel Pérez Jackson. En los detalles y en los gestos, Henríquez encontró la clave para darle un significado al personaje.


—No da lo mismo si el guante es negro o blanco, no da lo mismo si el zapato está sucio, no da lo mismo si el pelo está un centímetro más a la izquierda —cuenta su guionista y colaborador Esteban Arancibia, que lo ha visto repetir ceremoniosamente ese ritual durante más de quince años.


Hacer el ejercicio de sumar la torpeza de los personajes, la picantería de la representación y compararlo con el éxito que logró junto a todos sus personajes, da como resultado comprender que no fue casualidad, todo fue fríamente calculado.


A los 5 años, la caracterización de su primer personaje consistía en una nariz roja. Su primer escenario lo acompaña hasta el día de hoy. La pasta circense fue heredada, los trapecios y telas lo elevaron por los aires, la carpa lo llevó a tocar el cielo.


—Fui el payaso Tilín hasta los 20 años —recuerda Henríquez. Su familia fue una escuela sin pizarras. Se desempeñó como vendedor de tickets, de cabritas, de payasito, de trapecista y, por azares del destino, se convertiría tiempo después en el personaje de circo más exitoso de la historia de Chile. —El dueño del circo me preguntó si podía reemplazar a mi primo que tuvo un grave accidente, que hacía un personaje parecido a Ruperto, y yo le dije que sí —agrega el oriundo de Copihue. La motivación fue hacer un personaje distinto al  de su primo, Pedro Henríquez, y darle su toque de originalidad.


Las funciones diarias en el circo dieron frutos. Convivir bajo las luces con el personaje que tenía que reemplazar, también lo ayudó. Ser payaso le dio ciertas características que le facilitaron la creación de un personaje original, genuino, cercano al público y chistoso a más no poder.


—Una vez se me acercó un actor reconocido —recuerda Christian—. Me miró y me preguntó: “¿Dónde estudiaste actuación?” Y yo le dije que no estudié actuación, yo soy de circo. Me miró de nuevo y me dijo: “Entonces eres autodidacta. Porque para hacer lo que haces, tienes que ser actor. Así que, aunque no hayas pasado por una escuela, lo eres”.


Previo a los escenarios del Festival del Huaso de Olmué, Festival de Viña o Detrás del Muro de Morandé con Compañía, Henríquez menciona un viaje que jamás olvidará. Después de trabajar en Argentina, trabajó con el Circo Los Mazzini, donde conocería a Carolina Azócar, esposa y madre de sus hijos.


El circo era de los suegros. En 2004 le pasaron un bus-casa rodante del año 68’. La primera gira con Carolina y Antonella, su hija, sería desde Santiago a Chañaral, casi mil kilómetros. El bus era viejo, pesado, tenía fallas técnicas de todo tipo. Se resistía a la aventura. Antes de partir, se demoró tres días en arreglarlo. Lo poco y nada de plata que tenía, la usó para darle forma a su hogar, ahora con su familia. Compró un refrigerador, una cocinilla, y llegó a Chañaral empujando.


El sueldo: $50.000.


–A todos los circos les estaba yendo mal –recuerda Christian.


Gastó $45.000 de petróleo y los $5.000 que sobraron se los pasó a Carolina, su esposa.


–Por lo menos Antonella no come –le respondió ella, entre resignación y ternura.


Podrían haberse devuelto, ahora había que viajar 400 kilómetros más hasta Antofagasta. En la primera cuesta camino a la Perla del Norte se estropeó la culata del motor de la casa rodante. La arreglaron, pero en Tocopilla se volvió a romper. No hubo caso, pensó que hasta un perro le había levantado la pata y tenía que hacerse un sahumerio. Arrastraron el bus hasta Arica. Terminaron la gira. Solo entonces regresaron a Santiago, golpeados, sin plata, pero con una historia que nadie más podría contar.


Una odisea de fierro, petróleo y voluntad que precedió el comienzo de todo.



La vida te devuelve la sonrisa


Después de todo ese esfuerzo, un supermercado se hizo con los servicios del artista Henríquez para hacer publicidad, y el impulso resultó mejor de lo imaginable. El 2006 fue un año redondo. El boom mediático de Ruperto lo llevó a los escenarios más prestigiosos del país. En el Festival del Huaso de Olmué, la rompió. En el Festival de Viña, triunfó nuevamente y se convirtió en el primer artista circense en domar al monstruo de la Quinta Vergara.


A donde fuera, el personaje de un borrachito simpático causaba furor. La prensa y la gente se moría por saber quién era, quién lo interpretaba. Los diarios lo ponían constantemente en sus portadas. En enero del mismo año, la tarde en la que Christian subiría al escenario de Olmué, sucedió algo impresionante. Eran de tal magnitud las ganas de desenmascarar al personaje, que Christian tuvo que entrar al recinto en la maleta de un auto. Pero a Esteban Arancibia, su guionista, se le ocurrió que Christian debía tener un “doble de riesgo” y un primo muy parecido físicamente cumplió con desviar la atención de los paparazzi.


—Iba en el maletero y pensaba “¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Cómo va a ser tanto?” y en verdad no alcanzaba a dimensionar lo que generaba el personaje —comenta Henríquez.


Con todas las miradas en él, en febrero del 2006, el escenario más prestigioso para los artistas musicales, y el más desafiante para los humoristas, recibía entre aplausos y con el estómago apretado, a Ruperto. La pasarela medía más de 60 metros.


—Salí por una esquina y caminaba y caminaba, no llegaba nunca al medio del escenario— afirma.


Ruperto estaba frente a una multitud. Pero no se encandiló con las luces. Salió como siempre: con la rutina ensayada, con la concentración intacta, con el respeto de alguien que se había forjado entre carpas y pistas, pensando en que el circo estaba lleno. Y Ruperto funcionó. La rutina marcó récord de rating, hizo reír a todo el país y el  público de la Quinta Vergara se lo agradeció con dos Antorchas, de plata y de oro, más  el galardón de la Gaviota de Plata.


Podría ser una historia digna de película: el artista que surgió desde el humilde pueblo de Copihue, en la Región del Maule, que pasó hambre, que en algún momento, cuando las cosas fueron muy difíciles, le tuerce la mano al destino y triunfa en el escenario más complejo  de Chile. Y lo mejor: la historia está lejos de concluir.


Tras los aplausos de la Quinta Vergara, el desafío cambió. No dejarse arrastrar por la fama ni por el personaje, había que mantener los pies en la tierra. Un Christian Henríquez de 27 años mantuvo la calma y la serenidad de un profesional. El apoyo de su familia, de Carolina, sus suegros y su equipo de trabajo, hicieron sencilla la situación. La humildad de Christian fue clave para no caer en posibles excesos después de tanta ovación. Además, en ese momento ya había entrado al mundo televisivo, comenzaba una nueva etapa en Morandé con Compañía (MCC). La templanza era fundamental para seguir creciendo.


—El éxito lo agradezco, pero lo mío siempre ha sido trabajar. Si te pones a creer todo lo que dicen de ti, estás frito —diría Henríquez años después en otra entrevista.


Christian Henríquez como Ruperto.
Fotos de Joel Quintero @joelquinteromdz

Detrás del personaje


En los pasillos de Morandé con Compañía, Christian Henríquez conocería a Esteban Arancibia, productor creativo y guionista de Kike 21. El show era una máquina de humor nocturna, guiones veloces con exigencia de un programa en horario prime. Para ambos, la relación se fue transformando: conversaban lo justo al principio y ahora son una dupla creativa con más de 15 años de historia.


Juntos crearon personajes destacados de la comedia chilena: La Rupertina, Maikel Pérez Jackson, Chantolfo, El Patrón del Pan, Luismi Gel, entre otros. La consciencia detrás de los personajes es producto de la fusión de estas dos mentes. La dedicación de ambos se complementa con su profesionalismo y creatividad. La búsqueda de un humor transversal, genuino, pero sin pecar de exceso de picardía ni humor negro. Se agarraban de los detalles y los exageraban, creaban una personalidad original, no un doble oficial.


—Yo pienso como el personaje. Literalmente me meto en su cabeza. A veces me escucho hablando solo, con la voz de Maikel Pérez Jackson, LuisMi Gel, y aunque no imito bien a Ruperto, iba pensando y escribiendo cómo él —menciona Arancibia—. Pero con la confianza que me entregaba Christian, era muy fácil trabajar con él, se aprendía los guiones por oficio. Si encontraba algo que no calzaba, me lo decía, entonces íbamos complementando al personaje en conjunto y después sabíamos que iba a ser bueno.


Hace pocos días había muerto Michael Jackson. A ambos les gustaba mucho y los conmovió, como a todos los fanáticos del Rey del Pop.


—¿Y si hacemos un personaje que sea como un doble chanta de Michael Jackson? —le preguntó Arancibia a Henríquez, quien lo miró en silencio, medio desconcertado.


—Pero si acaba de morir, ¿cómo vamos a hacer algo con él? —respondió Henríquez.


Arancibia insistió, lo empujó hasta que lo convenció.


Así nació Maikel Pérez Jackson, el doble oficial de Michael Jackson de la Junta Vecinal #24 de La Florida, un personaje carismático, con muletillas chilenizadas, caracterización ordinaria, tan ridículo como real. Con él tuvo la oportunidad de viajar a Estados Unidos.


El 2009, semanas después de la muerte del ídolo musical, Maikel Pérez viajó a su casa en Neverland, Los Angeles, California. Henríquez y Arancibia iban a grabar contenido para MCC. Cuando estaban en el lugar donde vivió la inspiración del personaje, aparece un furgón sin techo, haciendo un recorrido para turistas. A los gritos decía: “Look, he's Alive, Michael is Alive!”.


Christian Henríquez lo recuerda con sentimiento: —Fue gratificante estar allá y que nos reconocieran como un imitador, como un doble, porque a pesar de que nosotros lo creamos como parodia, esos gestos nos decían que igual lo estábamos haciendo bien.


—En el paseo de la fama de Hollywood igual. A Christian se le acercaban los dobles a preguntarle de dónde había sacado el traje y la nariz postiza —agrega Esteban Arancibia—. Lo primordial siempre estuvo en los detalles.


El guionista recuerda que el éxito del personaje fue tal, que incluso hubo tentación de volver a la Quinta Vergara con Maikel, pero por diversas razones, no se ha concretado.


—Yo con Maikel quería ir (al Festival de Viña del Mar), yo sentía que con ese personaje podía hacer un buen show, pero quería hacer mis cosas bien. Quería salir eyectado del piso, caer de guata y decir: ¿Ayuwoki? —dice Henríquez.


Así se fue repitiendo el proceso. Algunos personajes con más o menos gloria, pero siempre con la originalidad y chispeza necesaria para hacerlo real y no algo del montón.


Hasta el día de hoy, con más de 20 años de trayectoria, Christian Henríquez sigue trabajando en El Gran Circo de Ruperto. Sale a escena con la misma ilusión de siempre, dando el 100% y siempre pensando en que la función estará llena. Abre su maleta, ordena sus trajes y se transforma. No importa si trabajará frente a diez, veinte o miles de personas. Para él, el valor está en el oficio, no en el número. Mientras haya alguien dispuesto a reír, la función continúa. Y en ese acto —que para otros sería rutina— él encuentra sentido. Porque su verdadera casa no está en la televisión ni en las luces: está en el escenario. En el momento exacto en que el personaje aparece, la risa brota, y el aplauso, grande o pequeño, cierra el círculo de lo que ha sido su vida entera: hacer reír con respeto, con entrega y con el alma del circo que nunca dejó atrás.



1 comentario


natalie lópez bugueño
natalie lópez bugueño
hace 4 minutos

La sencilla y cercana manera que Nicolás escribe y describe a Christian es tan acogedora como los recuerdos que tengo de ver a Ruperto en la tele

cuando chica. Lo transformador pero también aterrizado que es Christian se notó en cada frase.

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